viernes, 17 de junio de 2011

Maimuna (2)

La Diosa del hogar.

¿Del error? Pues del error
di el antro, di las veredas
oscuras: di cuanto puedas
del tirano y del error.
José Martí

Maimuna no podía dormir, esperaba en su jaima como cada noche a su marido, que como siempre llegaba tarde de jugar a las cartas con sus amigos o sabrá Dios lo que hacía, pero eso era lo que le decía cuando llegaba. Se inquietaba con cada palabra y gesto suyo y cada vez más, la idea de tramar algo le iba colmando del todo y, tiempo tenía para ello, ya que las soledades perpetuas a las que estaba sometida, le iban pesando más y más. Casi tenía claro que hiciera lo que hiciera era mejor que no hacer nada, se le estaba agotando su vida y más su paciencia. Mas todo, su vida conyugal, propiamente dicha, nunca había funcionado.
El drama de su vida era demasiado pesado e insoportable como para aguantar algo más, este hecho, que llevaba tiempo soportando –tiempo del alma, que multiplica por mil el tiempo físico-, en definitiva era la punta del iceberg, era la gota que iba a colmar el vaso, una vaso que de antemano ya estaba frágil, porque las calamidades que llevaba soportando eran eso, quizás en mayúscula, calamidades. Maimuna había pasado muchos años...


estudiando lejos de su familia, en otro país y otra cultura. Disciplinadamente había pasado de curso en curso con buenas notas, sufrió los desmanes propios de un becario que vivía internado en un albergue estudiantil, inclusive hizo más; estudió idiomas, para afrontar con mejor currículum su futuro. pasó el bachiller. Pero, hasta aquí terminó su periplo por la enseñanza. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ir a la universidad. Su familia la reclamó para sí, como si de una propiedad se tratara, sencilla y llanamente porque ya estaba en la edad de casarse y, como manda la tradición hay que obedecer y punto. Con ello, acababa todo sueño posible. Maimuna había concebido su vida para algo, creía que podía servir para algo más que traer hijos. Lamentablemente su familia le tenía preparados otros planes, sin contar con ella siquiera.
No supo nada de la intención de su familia para con ella, hasta que volvió a su casa.
Una boda la esperaba. Con sus ritos y pachangas. Un marido risueño y predispuesto que había movido cielo y tierra, la aguardaba. Era su primo, un treintañero elegante y fútil, que jadeó hasta la insaciedad con su familia un día y otro, para conseguir el visto bueno a sus planes: una boda que solo él tenía en mente. Para ella, su futuro marido aún rondaba en algunas páginas de Shakespeare.
La gracia y misericordia de una y otra velada alrededor de un sustancioso té, hizo de testigo en las patrañas del afable futuro marido, hasta que consiguió su objetivo y, la mano de Maimuna se le sirvió en bandeja. Mas, el té se consagró “una vez más”, en la cultura saharaui más allá de la religión. Luego, él la esperó. Y ella llegó y, se tragó la novela, sin más.
Se hizo la boda tal como se planeó a su espalda. Desde entonces, su vida se tornó un infierno. Empezó a sembrar odio. Ella misma entonces era la niña convertida en mujer, se embucho irremediablemente la osadía de ser la “Diosa de su hogar”, “este hogar que le acaban de regalar”. El marido, se hizo el hombre fanfarrón y tacaño y muy poco resuelto. Él satisfacía su deseo y rumiaba su suerte. Ella nadaba en un mar de indiferencia. Una espiral sentimental mundana irrumpió en su conciencia. Y entonces odió. Odió a su familia primero y luego a su marido y a sí misma, quizás. Pero la vida es llana siempre y, algún atardecer hermoso propiamente dicho, tendrá que vérselas con la triste y engañada muchacha.
En una noche ligeramente fría se fue. Solo se encomendó a Dios, porque aún estaba en tierra de Dioses de mil caras.
El desierto, es la génesis de la existencia y no te regala nada y a la vez te ofrece todo. En su brisa esta el bienestar, en sus entrañas los dulces y panes de cada día y en su cálido paisaje el sopor de la vida misma. Es en definitiva un camino y un cobijo, es metal y es aserrín que con un soplo se esparce por la atmósfera. Para andar el desierto son necesarios el día y la noche multiplicados por la esperanza. Y aún si piensas desandar el camino, en algún momento las huellas te hablarán con los ojos abiertos y muy seriamente y te parecerán fantasmas y de un instante a otro o, te aniquilarán o, te amputarán los patas irremediablemente.
Y si eres hijo del mismo desierto, sabes que no te tendrá piedad y el horror de perderse en él, equivale a un viaje sin retorno, a veces largo a veces corto. Y ahí, es donde la suerte, la real suerte es mecenas.
Pero el desierto también hace Dios a todo ser que en él habita y la ley de ayudar al prójimo se convierte en la virtud innata de todos y cada uno, como Dioses que son. Porque el desierto es implacable y uno por sí solito, deja de ser Dios, para volver a serlo cuando es otro el que esta en apuros.
Maimuna cuando salió de su jaima se cobijó en la jaima de su amiga de toda la vida, Minatu. Ella, la que un día le mordisqueó la oreja para que contara con ella en caso de peligro. Iba y venía por ella todos los santos y diableados días, hasta que el malogrado esposo le prohibió volver a su jaima.
Minatu que sí la comprendía le dio cobijo inmediatamente sin peros y desafiando a todos, inclusive a la mismísima religión y a la cultura y a la tradición. Sabía que esto podría pasar, más pronto que tarde. Dos almas se esconden ahora de todo en un escondrijo indiscreto. Dos miradas asustadas que recelan del mismísimo aire que respiran, dos almas que desafían almaktuba.
El saludo inicial pasó y el obligado agasajo al huésped también y, pasaron largos minutos hasta que alguien rompiera el hielo, y la sombra de la mímica desapareció para esconderse en la falda de la jaima porque tan pronto se distraen volverá vestida o, de cólera o pesadumbre.
- no es justo –balbuceó Minatu entristecida y con la mirada esquiva como si no fuera con ella
- ya –respondió Maimuna también triste- jamás pasó por mi cabeza esto que me está pasando, y mira que esto es frecuente en nuestra cultura, ¡pero a mí! –y se le cambia la cara, adquiriendo ahora una cara vacía por dentro y por fuera, pero dando más tono a sus palabras.
- ¿te acuerdas de Halima, que le pasó lo mismo que tú?
- No paro de pensar en ella, y de lo que hizo al final, que es nada, la verdad que nos decepcionó… y pensar que ahora tiene cuatro críos… y lo mal que lo pasó al principio, no paraba de llorar… Mírela ahora, hasta feliz se le ve –Maimuna fraseaba y tomaba su tiempo entre frase y frase, como si dudara de algo, quizás del mismísimo omnipotente.
- No sé hermanita, yo no creo que seamos iguales, pero me da igual, a lo hecho pecho. Creo, – prosigue después de una pausa, en la que Minatu no tenía intención de decir nada- que solo me quedan dos caminos –no cambia ni un gesto en su cara, aún sabiendo de la gravedad de su confesión- o ser una puta o no volver a querer más nunca a ningún hombre.
Un aire fresco recorrió esos instantes la jaima y a lo lejos se divisó una silueta encaminada hacia ellas, lo que de inmediato interrumpe el momento y Minatu se apresuró a esconder a su amiga. La visita fue breve y se reanudó la charla casi de inmediato sin siquiera preguntar o tomar el asunto de la visitante.
- oye Maimuna y tu familia qué les dirás?
- La verdad, son lo menos que me importa ahora… No sé, pasan por mi cabeza muchas cosas –prosigue- solo sé que aquí no estaré mucho tiempo.
Y de repente Maimuna suelta un dardazo. Una confesión de esas que se dicen sin calcular bien su dimensión o alcance. Porque la tristeza de uno es su tristeza y tiene que cargar con ella, pero también es cierto que le hace a uno valiente, cómo no.
- y si me voy de aquí de los campamentos?, a España por ejemplo? –lo soltó así sin titubear, mientras le clavaba los ojos a Minatu.
Minatu, tampoco creía descabellada la idea y su atención no cambió y tampoco replicó nada, ni si quiera hizo ademán de interrumpirla, por lo que Maimuna al notarla así de relajada, prosiguió aún con más vehemencia en su confidencia.
- Conozco a una familia española, quizás me ayudan, ¡boh, estoy soñando! –le espeta a su amiga, al verla no reaccionar ni decir nada.
- No sé, tú dirás, yo solo te escucho detenidamente, es más, creo que no estas mal encaminada, la verdad que tu caso es grave, pero… no te desanimes, yo conozco a muchas chicas que lo han hecho –le confesó para bajar un poco cierta tensión, que se notaba, iba a tomar forma- aunque los casos no son como el tuyo, pero al fin y al cabo se fueron a España o a Francia y tu también las conoces.
Y entonces Maimuna aprovecha las propias palabras de su amiga y le suelta otro dardazo, pero esta vez, bien intencionado o sea, mirando muy bien la diana.
- Te vienes conmigo Minatu?
Y la pregunta sonó en los rincones de la jaima como si de un eco se tratara. Retumbó en los tímpanos de los abuelos de Minatu que viven en otra wilaya y, el presumido marido de Minatu, le confesó, si te hubieses ido con ella yo no te hubiera conocido; esta confesión romántica, tenía menos valor que la darraa insípida que llevaba encima.
Entonces el desierto. Tan luego. Le sonó a Minatu. Y un perfume muy oloroso ahora inunda la silueta sin melhfa de Maimuna. Atrás quedó una vida, una amiga y una tierra. Inclusive para una “Diosa del hogar”, los caminos de Dios son infinitos.
(…)
(continuará)
____________________________
Esta historia es ficción. Toda es imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad, ya sea nombre, lugar o hecho, es mera coincidencia. Claro esta, esta obra esta dada a crítica.
Publicar un comentario