viernes, 24 de junio de 2011

Maimuna (3)

 Los caminos de Dios.

(...continuación)

Esta tierra en la que sueña ahora, tiene toda de desierto, aún camuflado de espigas y por el norte es un acaudalado edén de las una y mil ninfas. De costumbres y de religión que huelen a reconquista y a azar; viste de zángano y se transparenta como la medusa.

El desierto que la vio nacer tiene de espinas como España de moros, porque ella es mora y es puta, y las putas como las espinas están en cualquier sitio.

La estatura de Maimuna, poco más de un metro sesenta no desentona con el resto de su cuerpo. La cara redonda igual que sus piernas y caderas, sus pechos y ojos también  redondos. Toda en sí era redonda. A pesar de este aspecto, era atractiva la mayoría del tiempo y, simpática siempre. En su cara risueña dejaba entrever restos de tristeza de antaño y de hoy, también un poco de infantilismo irreverente, pero es más su ansia de vivir y disfrutar sin tapujos de la vida lo que la hacía más interesante y hasta heroica...



La sensación de vivir por vivir simplemente, la extasiaba y, es que tenía la libertad y, podía decidir por sí misma lo que le plazca, “siempre ente comillas”. Cuando se lanzó a la aventura lo hizo sola, aunque nunca lo estuvo, empezó de cero, como quien dice; ni siquiera tenía la más mínima idea del idioma español. Aquellos suspiros de palabras en castellano que aprendía cada verano se multiplicaban por cero en el resto de las estaciones, cada verano que volvía se le había olvidado lo aprendido el año anterior, solo algún balbuceo o frases mal entonadas le quedaban

            Los Martínez, fueron los primeros conocidos, con los que Maimuna tuvo contacto en España. Le habían mandado ropa y dinero durante largos años ininterrumpidamente y la habían ayudado también a llegar a España. La acogieron en principio, sin interés alguno más que ayudarla como siempre, y pensando que venía a quedarse con ellos. Nadie como ellos la apoyó tanto, a excepción de Minatu claro esta, y hasta hizo la batalla suya de todos los modos posibles, incluso, casi, la indiscreción rozó el desafío y el escándalo. Pero todo acabó mansamente y Maimuna tomó el penúltimo helado, tan Lugo, en el patio de la casa de su familia de acogida, que tantos recuerdos y vivencias encierra para ella.

Estando con los Martínez, se regocijaba en la penumbra de la incertidumbre cada instante, como quien esta preso de su propia conciencia y tiene los días, a menudo, tan oscuros como la noche. Y se creía y se convencía de que tenía claro que escapaba de su pasado, no añoraba su futuro, además, ¿qué futuro?, es eso lo de la lucha interna lo que la hacía sacar conclusiones y aprensiones como sea, aunque solo sea para reconciliarse con la providencia, por si acaso. Y por eso se entregó a fomentar el arte de la aventura o mejor dicho, la supervivencia, sin percatarse de ello. Sus dotes y no tan dotes se fueron descubriéndose al mundo y a ella misma y el idioma dejó de ser barrera para tener otras. El legado de su perdida tradición de vez en cuando se le asomaba en las tertulias y luego le resonaba en algún que otro paisano o paisana que, indiscretamente la remira en la calle. Nada esperaba de la vida ni menos de las personas más afines, por el simple hecho de no saber quién era, en definitiva. Esfumarse, nunca mejor dicho, a una sociedad más liviana de la que proviene, aunque más pícara, pero más mundana, no contaba con ello en sus paseos allá por la cálida Argelia, cuando era una simple estudiante que rebosaba de imaginación. Pero después del suceso, éste camino era una solución. ¿la solución? ¡Quien sabe!. Más acá de soluciones esta la emergencia, la emergencia por vivir más allá de cuatro días. Anduvo por ciudades y barrios husmeando en sus plazas y rinconcitos y, nadie nunca creyó que estaba dudando de sí misma y de toda esta felicidad y libertad que experimenta a cada suspiro.

Sin darse cuenta, el rosario de los días los meses y los años se fue multiplicando, hasta convertirse todo su pasado en anécdota. Y se hizo a la mar y al campo y vividora se hizo y mimada. Se hizo el tiempo como una pelota que se infla y desinfla, que vuela y se arrastra, tal como su vida. Y sin ganas de estar peloteada y cansada de ir sin rumbo –al menos eso creía y decía, en sus arrebatos internos y, cuando la diversión era dolorosa- se recostó por última vez en la barandilla de la diminuta escalera de apenas tres escalones que daba a la puerta de su casa: estaba saliendo maleta en mano, aunque el grueso de su infinito equipaje, el cúmulo de años, se lo dejó, para algún día recuperarlo.

Su guerra interior, al final de los días con los Martínez, estaba tomando matices claroscuros.

En un ataque de valentía, le explicó a la familia Martínez que, tenía otros planes, y que, por el momento, no  podía comentarles nada más. Les agradeció por los días y los años que la acomodaron y por abrirle las puertas de una nueva vida y por enseñarle dónde estaban las ventanas para que las abriera ella misma, -y así lo hizo con el paso del tiempo, aunque se dejó algunas. Esas palabras las había fraseado Maimuna en el discurrir de los días, cada frase era un guiño y cada guiño era un tormento para todos.

Cruzó la puerta y pasó la mano por la diminuta barandilla, por última vez, y no estaba llena de polvo de la calle o la humedad de la noche.

Maimuna cuando era pequeña, venía a pasar los veranos con ellos, gracias a un programa de solidaridad con los niños de refugiados saharauis y, desde la primera vez que fue, ya la tenían como una hija más y se preocupaban por ella como tal, hasta el más mínimo detalle. Pero de aquellos años de infancia a hoy, distaba bastante, ahora a sus veintiséis años, quería valerse por sí misma, labrar su propio futuro de alguna manera.

Deshecha por fin de la incrédula familia de acogida, respiró un aire que, parecía atormentado, y que se le restregaba por los cuatro costados. Aspiró lo que pudo inconscientemente  y removió con las manos su cabello una y otra vez, cosa que no era de su costumbre, pero estaba aturdida e incómoda, pero ni en eso, reparaba y, en su cara redonda aún no se perfilaba ningún gesto, quizás por pena, la invadía un sentimiento de culpa inevitable. El trasluz, de vez en cuando difuminaba su contorno. Pronto sintió un escalofrío, el claxon de un autobús la despertaba de una enajenación sentimental.

Se hizo a la calle, en busca un nuevo hogar donde velar sus penas, más nada. Se instaló en Valencia, en casa de maaluma, que tantas veces le rogó que fuera a donde ella en caso de necesidad y a pesar de ello, con el tiempo se había enfriado demasiado su relación y Brahim tuvo que ver mucho con eso, pero Maaluma fiel a si misma, le dio cobijo y la ayudó a encontrar un trabajo, a pesar de no tener papeles. -Esto era precisamente, una de las ventanas que no abrió en su momento-. Esa ventana de doble rasero, que es pesada y da recelo acercarse a ella. Pudo trabajar, al fin y al cabo, porque siempre la razón, colma a la verdad o viceversa, donde, la razón es vivir y la verdad es hacerlo dignamente. Trabajando, al menos ya tenía algo de dinero para desplazarse sobre todo y dedicarse en exclusiva a obtener su documentación, un trámite imprescindible e ineludible para cualquier inmigrante o/y emigrante.

Los Martínez se les olvidó, tal vez no, que la niña necesitaba documentación y en ellos estaban, pero nunca los obtuvo. Y la niña tampoco se recriminó a sí misma tal hecho ni a ellos tampoco: ¿de qué manera lo haría?.

(continuará...)

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Esta historia es ficción. Toda es imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad, ya sea nombre, lugar o hecho, es mera coincidencia. Claro esta, esta obra esta dada a crítica.
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