viernes, 1 de julio de 2011

Maimuna (4)

Puta

(...continuación)

            Ser o no ser una cosa, en este caso, verdaderamente no es la cuestión. A estas alturas de la vida no cuenta nada, ni el respeto al prójimo siquiera y, en el mundo, la insignificancia de las almas es cuestión de aspirar y expirar. Las personas se multiplican por uno o por nada para, al menos, sobrevivir dignamente. Esto, y por cuanto, Maimuna estaba  en el umbral de la perdición, y se hizo puta, queriéndolo. Y si no lo hiciera, también, a ojos de otros, lo sería.
            Se hizo puta y ganó mucho dinero. Tanto, que se regocijó de su suerte. Ja ja ja, aquí y allí merecidamente, -si señor- y, las cosas fueron por su cauce, largo cauce. Los Martínez se repugnaron de vez en cuando de su conducta, pero no tanto para entrometerse, al final y al cabo, los buenos modales y buenas conductas, para quien sea, se escriben en el hondoso e intrínsico laberinto del cerebro,  cuando éste, aún se es inmaculado y libre.
La primera vez que Maimuna se dio cuenta que era presa de sus actos sexuales, se mandó a repasar y reiterar su vida tranquila, cuando su alma juvenil, suplicaba por un trozo de libertinaje, aunque sea a cuesta de sus pechos o sus labios o su trasera y, sonrió...


            Para cuando se paró a pensar, las águilas ya zumbaban cada día tras su rastro. Y las azucenas y las orquídeas se embriagaban de su halo a cada turbulencia en el cielo de los hedores. Para tanto, el amor, ya estaba cautivo en el recóndito cofre de los horrores, ese que ve a diario y que cuando no se ignora da pereza fijarse en él. Si, Maimuna, una y otra vez suplicó severamente al viento alzando la mirada, incluso más allá de las nubes y de las estrellas, queriendo ser, amorosa. Y finalmente se despertaba la enésima vez de sus enajenaciones y, seguía siendo puta.
Maaluma, era una persona, tremendamente quieta, que no molestaba ni para hablar, pero tenía una cara atrayente que, más de una vez se empapó de atormentadas lágrimas. En una de esas susceptibles luchas, secando unas lágrimas imaginarias, se topó de cara con Maimuna, que la venía a saludar. No se conocían de nada. Pero los rasgos llevaron una a la otra impulsivamente, y nada más verse, se fundieron en un abrazo, como si se conocieran de toda la vida. Y sin sopesar nada, estaban caminando y hablando distendidamente.
Málaga, entonces, fue un mar de risas. Y las gaviotas del mediterráneo se zamparon los peces y los pesos. Maimuna era “hija” de esa ciudad y Maaluma apenas la conocía. De vez en cuando asomaba por allí, a casa de un pariente, que evidentemente Maimuna no conocía. Pero Maaluma se iba y tan pronto luego volvía, para reencontrar a su amiga y entonces, una hacía y deshacía y la otra, también. Porque, en cada reino, uno, es rey.
 En una tarde de invierno, cuando las nubes empezaban a juntarse, para enfriar aún más la tarde y congelar la noche, Maimuna estaba esperando a Maaluma, en la estación de tren, cuando una voz la hacía girarse, le estaban saludando en su idioma con voz ruda y jocosa y, ella devolvió el saludo amablemente. Entonces, Brahim se sentó a su lado y directamente empezó a interrogarla y, cada vez más, las preguntas, se transformaban en conversación, mientras, el frío los abrazaba y sus cuerpos se acechaban y se enamoraban más y más.
Salieron de la estación rato más tarde y sin Maaluma. Maimuna, le dijo que su amiga sabía a donde tenía que ir y que no le preocupaba en absoluta no esperarla. Brahim, que nada tenía de qué preocuparse, se dispuso a remarcar un plan. Un plan que iba trazando a medida que iba alargándose y relajándose el momento.
Sin duda, alguno de los dos o ambos, se apremiaba de su suerte y, se regocijaba de la alegría del otro y, ambos seguían la senda que ninguno trazó. Mas, llegó la noche y la oscuridad que vino sin avisar, se adueñó de todo y de todos y, las farolas de la calle, que apenas había una cerca, proyectaban sus luces más allá del silencio tímido de los recién estrenados amantes. Y las alegres sombras que los encubrían se fraguaron con la imaginación desde la primera sospecha.
En un jubiloso césped, se consagró la pareja. Ella le entregó su cuerpo y su alma, y él se afanó más aún y quiso dar algo más de lo que ella dio: su palabra y su honor, como hombre ideal para ella. El chasquido de las hojas secas, hacía de fondo melodioso, mientras sus bocas se relamían jadeantes de éxtasis, y, el desenfreno subía de tono a ritmo de esas hojas muertas y el placer de vivir en las entrañas de otro se hacía sublime.
 El día siguiente pasó como pasan los días más felices de cualquiera pareja de enamorados, viviéndolos a todo pulmón y, sin importar nada. Los días sucesivos, también volaron los pájaros y, el severo frío dio paso a la apacible primavera y luego llegó el verano. Los momentos de la pareja, se entrecortaban por tiempo indefinido, porque él, iba a resolver un y mil problemas suyos y de otros. Ella se quedaba siempre en Málaga y frenaba a toda costa a sus desatendidos amigos de la cartera e intentaba sobre todo, conciliar su mente con su alma. Y por fin llegó el siguiente invierno, que ella decidió, lavarse su conciencia y volver a rehacer su vida en otro lugar y ¿quién sabe?, quizás con Brahim.

(continuará...)

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