martes, 9 de octubre de 2012

Maimuna (8)

Maimuna. (continuación)
Maimuna

Desde que empezó a trabajar con Lola, el único momento, donde se le oyeron palabras en público fueron las del percance con Don Fritz. y, no es que ella sea introvertida, su carácter es más bien todo lo contrario, le gusta reír, gastar bromas, salir y divertirse. Su situación de desamparo la ataba a un pena propia que le impedía relacionarse de cualquier manera. Y, la verdad que sí daba pena, no tenía amigos, ni familia, ni nada propio, tenía a doña Lola como amiga y familia, aunque apenas se cruzaban frases y mucho menos después del incidente. La catastrófica llegada a Valencia parecía no terminarse nunca, aún la perseguía el fantasma del desamparo y su única salida parecía serse el recuperar su carácter, el ser ella misma, quizás, la puta, quizás la rebelde. Pero a veces el destino tiene señalado de antemano a alguien y pase lo que pase siempre le reservará uno que otro inconveniente o conveniente, no siempre la respuesta a determinadas cuestiones es posible.

La faena en el restaurante, puede cambiar de un día para otro radicalmente, a veces hacen solo de camarero o de fregachin o de ayudante de cocina o se esta en la barra, y otras tienen que ser dos o tres cosas a la vez. Pero todos lo llevaban bien y ya estaban acostumbrados y nunca eso había sido motivo de discusión o incordio aunque, el roce a veces era demasiado y molesto. Ni así, Maimuna pudo relacionarse con sus compañeros de trabajo. Los días de mucha faena siempre venían de imprevisto y los contratiempos también y, entonces había que tirar como sea –como decía la Sra. Lola, cuando necesitaba hacer algo-.
Maimuna despertó en el hospital a mediodía, estaba ingresada desde la mañana y, se sorprendió por tal hecho, no sabía porqué ni cuando llegó a este sitio. Al recuperarse, alguien llamó a doña Lola que, enseguida se presentó en el hospital.
-hija no veas el susto que nos diste –dijo doña Lola-
-que pasó –dijo Maimuna, apesadumbrada-
-creo que fue el amoníaco o el salfumán, que te hizo desmayar. Hija el susto que nos diste!, caíste desplomada en el suelo de la cocina –decía doña Lola, mientras masajeaba la mano izquierda de Maimuna- Inés que estaba contigo empezó a chillar gritando tu nombre sin parar, hasta que vine yo, hija no dabas señal ninguna, tenías los ojos abiertos como si hubieras muerto, estabas totalmente inmóvil. Llamamos a una ambulancia y, te trajimos aquí y entraste en urgencias.
Doña Lola, mientras le contaba la historia, se le notaba muy alegre y dichosa, porque el susto que había pasado era muy grande, hasta temió por su vida, siempre pensó lo peor por cómo pasó todo y el estado en que estaba cuando subió a la ambulancia.
-Qué te ha dicho el médico de mí?
-Que estás muy bien y que solo fue un susto, que a lo mejor habías inhalado algún producto químico fuerte y te mareaste. Te han hecho muchas pruebas pero no tienes nada, gracias a Dios, me dijo el médico que ya te dan el alta enseguida y te vienes conmigo.
El hecho en realidad es que Maimuna le dio un repentino desmayo, por el simple hecho de fregar la losa con lejía y ella no es alérgica a ese producto, pero la cuestión es su estado físico y psíquico, estaban en niveles mínimos que, cualquier inconveniente, puede acarrearle un desmayo o un mareo, el caso es que no se encontraba nada bien, su vida ahora, se le suma un contratiempo más, su estado de salud, que estaba seriamente mal.
Cuando Maimuna hubo llegado a su cuarto, estaba lleno de cosas que doña Lola, había provisto. Un peluche gigante, sobresalía de la maraña de comida, ropa, hasta juguetes. No se sabe a qué se debe esa generosidad de doña Lola, pero parece que ni mucho menos fue premeditado, la preocupaba realmente Maimuna y su menoscabada vida. Ahora sí que es más que imposible que pueda recuperar su carácter extrovertido y alegre, las cosas malas vienen en tromba y cuando se quiere levantarse, algo le da un traspié y cae como una mosca. La vida de Maimuna parece que estaba en manos del destino, un destino que por el momento parece reservarle solo caos y desgracias.
No sabía nada de su familia desde hacía al menos seis meses, y mucho menos de su malogrado marido. Aquella familia que dejó en su Hamada natal, la tenía olvidada por voluntad propia. En esta sociedad que eligió para vivir no tiene a nadie, solo a sí misma y, el cuarto en que se encontraba ahora. Rodeada de bultos y semidormida reEpasaba en flashes su vida y su porvenir, sin ver una respuesta concreta, una luz reveladora o algo que la incumbía verdaderamente en la vida.
No, las cosas que empiezan torcidas, pueden o no seguir siéndolo. El último percance no tardó en llegar. Doña Lola en persona le comunicó, solo dos días después de la hospitalización que ya no trabajará más para ella, pero –en ademán de suavizar las cosas- podía quedarse en su estudio, por el tiempo que quiera, y que vendrá a verla a menudo. Le dijo esto y se quedó con ella un rato más, hasta que terminó la comida que le trajo. Le había traído frutas y comida en abundancia.
Se había hecho de costumbre llevarle todos los días al mediodía un buen plato de comida caliente.
Maimuna apenas pronuncia palabras para nada y ahora después de este mazazo, menos todavía. Pero bueno a veces hay que resignarse y, eso es precisamente a lo que se atiene ahora. Aún no tenía papeles, por lo que aún era arriesgado salir por salir, pero tenía que hacerlo irremediablemente. La mujer que es, ya no le vale, ni su determinación, ni su gentileza, incluso el halo de buena suerte, que a veces la acompañaba. Ahora debe resurgirse de sí misma, una vez más. Pero, ¿cómo?
Brahim, yacía en el albor de sus labios, aún los relamía y la dulzura readquirida, se fraguaba en deseos y manoseaba sus pezones, mientras sus ojos inamovibles miraban fijamente al techo, hasta que el éxtasis ya se hacía placer.

continuará...
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