domingo, 20 de julio de 2014

Maimuna (10)

Ser y sentir
maimuna (cont...)

En el supermercado de la calle Palma, próximo a su domicilio, era donde hacía la compra habitualmente y nunca había reparado en nada que no sea lo propio, comprar. La gente habitualmente le suelta una que otra palabra o una que otra mirada o guiño, nada más normal en un súper. Pero hay miradas que son constantes y a veces sospechosas que se infiltran en el centro de otras personas, miradas que codean con los sentimientos. La del abnegado portero del súper, infundaba algo de eso, a base de las, buenas, de todas las horas. Se estaba proponiéndose de manera informal a Maimuna. Pero ella nunca se percató de nada.
Un día a la salida de ese súper, tropezó con la policía, que estaba justo a la salida y, sin preámbulo le pidieron su documentación, pero no los llevaba encima. No pudo pronunciar palabra ninguna de tal sorpresa, solo balbuceaba, por lo que los agentes después de tanto interrogatorio innecesario, porque ella no respondía a sus preguntas, ni siquiera parecía que les entendiera, decidieron llevarla a la comisaría. Todo ocurría bajo la atenta y a la vez atónita mirada del portero. (cont...)  





No hubo represalias ni nada, solo que los agentes no lograban entenderla por lo que optaron llevarla a la comisaría para aclarar las cosas mediante el traductor, y no hubo nada más, enseguida estaba en la calle.
En valencia, las calles precisamente no invitan a orientarse bien, por lo que Maimuna se quedó totalmente fuera de lugar y hasta fuera de siglo. Entonces sin dudarlo fue a buscar al traductor, a ver si la ayudara, o la orientase para llegar a su casa, pero ya no estaba, o no la entendieron, el caso es que no dio con él. Salió a la calle otra vez, más apesadumbrada y triste que antes. Con la moral baja y dubitativa, alzó la mirada y, de repente apareció como salido de la bruma, Antonio, el portero del súper. Y no era por casualidad esa aparición milagrosa, aunque en principio la razón era meramente altruista. Él se había quedado preocupado después de ver la escena con los policías, por lo que decidió acudir en su ayuda si era necesario y también, porque la quería, la amaba. Esas miradas furtivas y lánguidas, cada día se le hacían más pesadas y buscaba desesperadamente un motivo, razón o lo que sea para acercársele y, este quizás, pensó él, sea uno bueno y oportuno. Al verlo, Maimuna se le escapó un suspiro y una mirada de alegría que no pudo contener, con eso él ya tenía más que suficiente para sentirse de cierto modo, dichoso.
Enseguida le cogió las dos bolsas que llevaba en la mano y con un gesto la incitó a caminar tras él que ella correspondió siguiéndolo. Los gestos y actitudes escuetas enseguida acabaron con una apresurada pregunta.
-Por qué te llevó la poli.?. –Antonio hacía la pregunta con su acento andaluz para romper el hielo y por curiosidad, es la primera vez que se dirige a Maimuna que no sea con la mirada.
Ella con un leve movimiento de hombros le responde. -en verdad el movimiento no decía nada.
Entonces el silencio se adueñó del momento y cobraron protagonismo las miradas y algún que otro suspiro o movimiento con cualquier parte del cuerpo y, la mayor parte no tenían sentido.
-Te llevo a casa? –Antonio interrumpe otra vez el incómodo silencio, mientras se dirigían al coche de forma instintiva.
-Si –responde Maimuna con la cabeza.
-Quieres comer algo antes?, yo te invito –insistió el andaluz.
-No –responde ella.
-Vi cuando la policía te llevaba y tú ni siquiera hablaste, supuse que necesitabas ayuda, por eso vine. No sé, se me ocurrió venir y ya me ves, uno de los polis, lo conozco de vista y sé en qué comisaría trabaja, por eso di contigo.
En un momento dado, cuando las respuestas de Maimuna no iban más allá de los monosílabos, Antonio ya hablaba largo y tendido, preguntaba y respondía a sí mismo y opinaba de ciertas cosas que le venían a la mente o de cosas que veía en la camino, mientras que Maimuna seguía impasible y muy lejos de lo que decía su interlocutor.
-A mí me parece mal eso de que la policía te pida la documentación porque si, -él hablaba entre pausado, mientras ponía un CD- hombre, tienen que tener algún motivo para hacerlo, -seguía diciendo- pero esa gente son chulos, yo conozco unos cuantos polis así, que se piensan que son los reyes de la calle y se creen más que nadie.
Antonio no cesaba de infringir el silencio de Maimuna que en ningún momento intentó de darle conversación. Con un silencio fúnebre, Maimuna indagaba en sus adentros, sin volver el rostro a Antonio, que seguía diciendo cosas, para atraer su atención.
Las cosas de Maimuna distaban de las de él, ella veía sombras por doquier, personas enanas y otras grandes, se admiraba por algunas mujeres y se optimizaba nunca. Un momento volvió la mirada a Antonio y vio en su cara un amor imposible y una amistad sosa. El camino se hizo largo y tedioso por el gentío que inundaba las calles de Valencia, que esos días estaba a la puerta de sus fiestas grandes, Las fallas.
Al fin, llegados a su destino, Maimuna se baja lentamente del coche mientras Antonio le insinuaba con un gesto que ella no lograba entender, que mañana la verá. Los veintitantos años de edad de Maimuna, en esos momentos, parecían multiplicarse por dos, por su andar apesadumbrado y su cara anegada de preocupaciones y angustias. Antonio subió el volumen de la música y guiñó un ojo a sí mismo a través del espejo retrovisor, se fue a su casa aireando su alegría y repasando en su mente el momento que acababa de vivir, aún sabiendo que en su conquista, entre comillas, había más sombras que luces.
La anécdota con Antonio, no tuvo más vida que los momentos pasados, ella nunca más volvió al súper de la calle Palma, siguió viviendo en el mismo sitio, solo que ahora apenas sale a la calle ni para comprar. No come, sino una que otra chuchería. No pasaba hambre, tenía el estomago como si estuviera bloqueado. De salud estaba perfectamente, pero de ánimo muy mal. Las cosas realmente se tornaron pésimas.

(continuará...)



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