martes, 1 de junio de 2010

Exilios, IV


“Al marsa”

Es sin duda el punto neurálgico de todo en los campamentos de refugiados saharauis. Surgió como imposición de las propias necesidades humanas, ya se sean alimenticias o de otro carácter.
En los campamentos hablar de “al marsa”, no es sinónimo de ir de compras, es más bien, la gran despensa familiar a la que hay que ir a buscar las cosas para hacer el desayuno el almuerzo o la cena del día. El saharaui no hace acopio de comida en casa, no es su costumbre. La comida para el saharaui, aunque parezca ilógico, es el último eslabón de sus necesidades.
Salka, se va a “al marsa” un día si y otro también y, Sidati lo mismo. Algo se cuece allí, tanto de día como de noche y no precisamente comida. Las miradas discretas e indiscretas que revoltean en la penumbra del ocaso y el amanecer se hacen cómplices y se palpan en el gran escenario de los recados.
El gran carnaval se sucede día tras día; el baile de máscaras va al ritmo de cualquier música y, más, del silencio y la oscuridad. Las callejuelas desnudas de “al marsa”, en silencio observan los amoríos furtivos, los tocamientos intencionados, los saludos pesados, las pintas discordantes y el balbuceo cómplice y descarado de los comerciantes.
Salka, busca su suerte a pleno sol. No sabe con quién ni cuando será. Va con el velo tupido; su silueta deja a la imaginación nada y todo, los vientos de la “sahliya”, a veces ayudan a la ya de por si desbordada imaginación. Ella aún virgen tiene que ser, aunque sus andares excitan tanto como su desafiante mente. No es facil contentarle. Cuando habla, lo hace desde el umbral del deseo e inunda de su olor femenino a todos aunque, por detrás su drama ya estaba escrito desde que salio de su jaima.
Sidati, deambula por “al marsa”, preso de sus deseos terrenales, su alma tirita, su angustia es evidente, y su lógica ya merma. Huele todo a Salka. Ella sin apenas pausa, va esparciendo su aroma en cada rincón en cada callejuela, mientras él va olfateando el límpido aire que, de alguna manera le llevará al rincón preciso.
Al final, justo en el momento adecuado ya cuando el mareo es inminente, se encontrarán en el “butig” de algún conocido, cada cual comprará lo suyo. Pero, un dátil o una barra de pan saltará de una mano a otra. Ninguno se atreverá a irse antes, no querrán salir sin intercambiarse un sórdido gesto que, de seguro aliviará una sed, un deseo de algo que no esta escrito en los anales de su cultura, ni religión.
En otro día y otro momento, se buscarán unos a los otros, Fatma a Mohamed, Jatri a Sukeina, Ahmed a Embarka… mientras la gran despensa hace honor a su nombre; la carne fresca y no tanto estará en su sitio cada día, los olores de cada género impregnarán a los hambrientos que deambulan a ras de sus huellas.


al marsa: mercado
butig: tienda
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