lunes, 5 de julio de 2010

Cuando la muerte es verdad


Al final todos nos vamos, no sabemos a donde, pero nos vamos. La muerte es una desdicha para quien la sufra porque al final y al cabo se va de la vida, simple y llanamente uno deja de existir y, para los que quedan el dolor de haber perdido a alguien querido o conocido que aprecian o admiran. Este hecho estremece y mucho al ser humano y la cruel muerte se empeña en hacérnoslo una y otra vez sin importarle para nada su dimensión. Luego las lágrimas se disparan y los lamentos y las condolencias se suceden para pronto todo terminarse en recuerdos. Pero cuando la tragedia toca a todo un pueblo aunque pequeño, pero guerrero y valiente, las almas se estremecen y las ideas, por un momento se detienen para repensar en todo y en nada, una sola persona que se va, significa un luto generalizado, porque es conocido por todos. La vida una vez más pierde ante la poderosa muerte y las alas sanas de un ser se desbaratan con un soplo muy malintencionado.
Hoy el pueblo saharaui pierde a uno de los fundadores de su causa, a un gran líder, a una persona fiel a sus principios que, cree que un vaso de té a ras del suelo en una jaima y rodeado de su gente, es el principio y fin de la felicidad. Él entregó su adolescencia y su juventud por la libertad de su pueblo. Vivió sus años mozos con el fusil como su herramienta de trabajo y una trinchera como su casa y, acabada la guerra se arrinconó como todos los refugiados saharauis en una simple jaima para correr la misma suerte que todos.
Su alma nos deja y pronto su hado. El devenir del tiempo que precisamente no augura nada de nada, estará relacionado con su nombre y su persona. Él al menos con su desaparición, dejará de pensar en el futuro y dejará también de maldecir su suerte como refugiado, cada día.
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