miércoles, 24 de octubre de 2018

El helicóptero de la ONU

Mi primo es militar de la tercera región militar saharaui de Miyik. es uno de los veteranos y además es el chófer de la cuba de agua. Siempre me hablaba maravillas de la zona y de su clima, su aire, sus ríos, sus montañas y hasta de sus piedras. Y en una ocasión fui con él a visitar el tan famoso Miyik.
Yo ya estaba bebido y comido de Miyik y Tiris, a través de la poesía y de los relatos. Son infinitos los testimonios y cuentos de Tiris. Yo al menos lo visite y, la verdad, nada se queda corto y tampoco, nada es lo suficiente para describir Miyik y por ende Tiris.
Y qué podría aportar yo, me preguntaba, ya que estoy aquí.
Mi hija, me lo susurró una vez por teléfono, cuando me cantaba su cancioncita favorita sobre el avión, tiene ritmo y tiene sentido dicha canción, aunque ella no entienda el verdadero sentido.
Pero esto que va a continuación no es un canto a Tiris, es, quizás, una ojeada a una injusticia consentida.

espero que lo disfruten.

Tayara tarat tarat
shofu shofu ya salam
Cada vez que resuena el zumbido estruendoso del helicóptero de la ONU, salen mis hijos corriendo para avistarlo y gritar en voz alta y dando saltos, ¡¡¡el avión el avión!!! y enseguida mi hija, que es la más pequeña, empieza a cantar la canción del avión.
Tayara tarat tarat
shofu shofu ya salam


Es inevitable esta escena cada vez que viene y cuando se va el helicóptero blanco de la ONU. Nosotros muchas veces nos sumamos a dicho jolgorio y otras veces nos quedamos en la penumbra de la jaima observandolos y, siempre se nos salta una que otra sonrisa y, en otras ocasiones somos nosotros los que les advertimos que se oye a lo lejos el ruido del helicóptero, que, claro, para ellos es un avión, hasta el insecto que merodea por la lámpara es un avión.


Nosotros estamos afincados aproximadamente a unos quinientos metros de la sede de la ONU, donde aterriza cada dos o tres días el helicóptero que trae las provisiones a dicha sede. Nos separan de la sede de la ONU, el imponente “río Miyik” y, un vasto terreno arenoso irregular, incrustado con plantas de color amarillento, que, en general dominan casi toda la región de Miyik, donde las serpientes y las ratas campan a sus anchas.
al fondo de todo, se yergue el majestuoso “Galb Miyik”, como señor, omnipotente y omnipresente.
“Galb Miyik” es alargado y muy alto, de donde quiera que lo mires tiene la misma forma, es algo mágico, sus dos puntas, la este y la oeste, nunca desaparecen a la vista, sea cual sea el punto cardinal en el que te encuentres. Al amanecer, es un espejo, limpio, transparente y mágico a la vista, puedes pasar horas observándole sin apartar la vista. Mediado el día, se convierte en áspero, bravuco y hasta amenazante, con su falda de arena luminosa que desafía  a la vista y su cima pedregosa que enseña los dientes afilados. Al atardecer, Miyik, ya no es bueno, inspira miedo, se reconvierte en monstruo, que escupe calor y frío a la vez, y salen sus fantasmas que ladran sin estupor. Pero cuando se adentra la noche, su silueta se convierte en el fantasma más temido.
Galb Miyik, es el  guardián de Tiris, respetado y amado, genera mucha riqueza, porque a su sombra crece agua y crece vegetación, todo lo que necesita un nómada. A su alrededor los beduinos saharauis alzan sus jaimas y riegan su ganado.
Pero Miyik también es un río, un río gigante y caudaloso, sin agua, pero parece que siempre está ahí. Sus árboles verdes y frondosos con ramas gruesas y largas, que, parece que te quieran ahorcar o azotar sin remedio, o simplemente abrazarte. Sus arenas movedizas son trampas y, si no andas con cuidado, te pueden tragar hasta el cuello y luego los millones de bichos que lo habitan, terminan la faena, pero también esas arenas suaves al tacto, son un remanso para sentarse en ellas y deleitarse con un buen té. Miyik, es largo y ancho, aunque no tenga agua, solo se puede atravesar por los puntos señalados y de manera rápida, porque, sus trampas no tienen fin y tampoco tienen amistad  o predilección con nadie.
Miyik, es Galb, es río y es región, todos bastos como el cielo que les cubre.
También Miyik es sinónimo de Tiris, esa región saharaui, lejana en el tiempo y en la distancia. Es amada y querida por todos los que la conocen, sin distinción, los pastores de Mauritania y los autóctonos saharauis, la aman por igual. Quien conoce a Miyik y conoce su valor, le mima, le canta, la ofrece al sediento, al hambriento y al de paso. Sabe que su valedor es Dios y la ha dado al hombre, sin distinción, es tierra sin dueño y sin amigo, solo tiene amantes y nostálgicos cantores.
El helicóptero de la ONU, sobrevuela Miyik cuando viene y cuando se va, aunque no le guste a nadie que otros tengan privilegios sobre su propia tierra y montañas.
Y ese helicóptero que trae víveres y material a la misión de la ONU, trae también personas y las lleva, personas non gratas y privilegios no aceptables. Nadie quiere a la ONU, ni su helicóptero, ni muy de lejos, sus potentes focos de luz que no se apagan ni de día ni de noche.
Esa especie de miniciudad en medio de Miyik, que rompe con todo, es un oasis de la modernidad en medio del desierto y en el corazón de Miyik. Tiene modernos vehículos todoterreno que rugen todos los días para alterar la tranquilidad de sus vecinos y sus ruedas especiales y nuevas hieren los caminos frescos que surcan cada día los nómadas.
La miniciudad de la ONU, que, por la noche se avista a cientos de kms, no es más que un despropósito que no tiene nombre. Parece una nave extraterrestre estacionada en la nada y sus tripulantes hablan una lengua ininteligible y visten una ropa arrogante. A veces la gente se distrae en sus menesteres y olvidan que existe ese monstruo vivo e ineficaz que tienen de vecino, pero es imposible, cada dos días o tres, el helicóptero de la ONU, ondea sus hélices en el cielo nuevamente, y mis hijos salen corriendo de la pequeña jaima a tararear su canción, al fondo, en la sombra, nos reímos, porque nuestros hijos ya aprenden a hablar y cantar con fluidez en su lengua materna, ese, es el motivo de nuestras sonrisas. De momento, la ONU y su helicóptero invaden nuestra tierra y nuestra vida de forma ininterrumpida, en contra de nuestra voluntad.

Mi primo es combatiente de la región militar de Miyik y en una ocasión me comentó que su fusil siempre apunta al cielo. Me quedé pensando en aquel instante cuando me lo dijo. Años más tarde, cuando visité Miyik, recordé sus palabras, pero no estoy seguro de lo que quiso decir. Quizás, si yo fuera militar y las dijera, lo tenga muy claro e incluso, una bala no se pierda en el infinito.

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