sábado, 13 de diciembre de 2014

Exiliados (ii). Crónicas del exilio saharaui

Él                                     

Él va a la par con el exilio saharaui y su cumple se anuncia a bombo y platillo cada año, sabiendo que no es tradición el recordar o celebrar dicho acontecer. Él es el grande de la familia del exilio. No llegó a tiempo para ir a la guerra. Suerte. Pero paradójicamente reclama la guerra, reclama su pedazo de historia, reclama su arma y sus balas para descargar su ira o su venganza. Ahora es el mayor, el que recientemente se ha casado o esta a punto. Él es el mayor y su voz ya calla a los mayores y les enseña las pautas a seguir en el exilio y les da el pan de cada día. Trabaja aquí y allí, se sacrifica sin importarle el precio y come arena amasada con su saliva.
El Él, es simpático y a veces tiene la sonrisa blanca y a veces la tiene color crema. No conoce de miseria pero sí de sufrimiento. Poco a poco labra su vida con el arado de la esperanza y con la fuerza del orgullo.
Simétricamente, la vida y las condiciones que le rodean le van quitando fuerzas e ideas. Le mangonean y le tratan como el tonto sin ideas ni experiencia. Es así porque su lectura no distingue entre silabas castellanas y abecés arábigos. Los idiomas los entremezcla y los bate para bebérselos sin ningún atisbo de error. Pero también los mayores siguen siendo jóvenes aunque pierdan el juicio.
Él, exiliado de pura cepa, no busca un final ni un principio, no tiene tiempo pero sí temperamento, no tiene motivaciones aunque sí motivos y no tiene aplausos aunque tiene ovaciones. El exilio es duro como el mismo desierto y aunque Él es oriundo no le cabe que es de donde nació, -a mí tampoco, sea dicho de paso-. Es una vorágine de sentidos y sensaciones que suspiran por una refutación.
Aún clama por la guerra que no alcanzó y jura liberar su tierra cueste lo que cueste. Clama, cuando ya sabe que las armas ahora son pedestales y las balas flores. Cuando ya sabe que los tanques son autobuses y los camiones cisternas. Y, cuando ya sabe que las manifestaciones ya no necesitan banderas y pancartas y los manifestantes no necesariamente deben estar compinchados con Dios.
Yo estoy con Él, aquí en el exilio y nos codeamos en “la marsa”, en “passaja” o en Rabuni. A veces nos dirigimos la palabra y a veces compartimos viaje. Pero, ni Él me habla de sí ni yo de mí. Solo al separarnos en algún lugar o en algún momento, me recuerda que él es más héroe que yo y con más suerte y tiene mejor ropa y calzado y pinta. Desde luego.
Aún, espera pacientemente con la sonrisa predispuesta y con algunos ahorillos en el bolsillo por si acaso. Así es su vida después de todo, de precario a precavido. Mientras escribo esto oigo "sgarit". otro Él, que rompe la espera. ¡¡¡FELICIDADES!!!.

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